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sábado, 5 de abril de 2008

+ Don de lágrimas III +

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"Qui séminant in lácrymis, in gáudio metent. Eúntes ibant et flebant, mittentes sémina sua. Veniéntes autem vénient cum exultatióne, portántes manípulos suos."
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Capitulo V
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Las lágrimas de los perfectos

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Los perfectos tienen otras más perfectas lágrimas, que se causan del gozo que reciben viéndose amados de Dios, y que les da en abundancia su gracia, lo cual considerando ellos, repuntándose indignos de tantas mercedes, deshacense en gozo en unas lágrimas que parecen agua de ángeles, y se reducen al hacimiento en su amor, como el agua helada se deshace cuando recibe el rayo de sol casi haciéndole gracias, porque le viene a quitar su frialdad. De estas lágrimas que son todas gozosas, está escrito: comenzaron a llorar de gozo.
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Estas lágrimas, que es un excesivo gozo, aquí en este tercer estado y perfecto recogimiento se comienzan, para acabar en el cielo, donde quedará muy lleno de gozo, y la mano de Señor limpiará nuestras lágrimas para que ninguna tristeza, ni rasgo, ni sabor de ella se mezcle con el entero gozo; empero ahora, así como en la tierra no tenemos fuego sin algún humo, así no tenemos tan apurada la gracia que con ella no lloremos siquiera por tener en tierra ajena donde la podemos perder,; y por tanto si en esta peregrinación nuestro corazón a Dios, gozase de gozo grande, que pasa en lloro por ser excesivo, y no tiene aun del todo segura alegría; de lo cual parecen ser testigos las lágrimas, según se figura en el Génesis, donde se dice: Juntó su carro José y subió para salir al recibimiento de su padre al mismo lugar; y viéndolo, derribase sobre su cuello y mientras se abrazaba, lloró.
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El lugar donde salió José a recibir a su padre se llamaba Gesen que quiere decir propincuidad o allegamiento, porque los perfectos varones que vienen al estado tercero de que hablamos están cercanos y muy propincuos a la vida eterna; empero para llegar aquí a recibir al Padre Celestial que viene a ellos muy proveído han de juntar el carro del inflamado deseo, donde subió Elías, juntando la rueda del entendimiento con la de la voluntad, para subir a lo alto; donde por humildad se derriban sobre el cuello, no alcanzando aun enteramente el pacifico beso de la boca que e da en el cielo a los hijos que no están peregrinos. Empero José, que es el que mora en Egipto de esta carne, aunque este muy ensalzado sobre sus hermanos, ha de llorar entre os brazos cordiales de su padre siquiera porque está peregrino; lo cual hasta para que su gozo no sea del todo cumplido, aunque por todas las otras partes tenga todo lo que desea.
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Oh, pues, tú, hermano, quienquiera que seas, no por mucho que hayas aprovechado, no dejes las lágrimas ni los desamparos: mira que es propiedad de solo el hombre llorar y cuando uno fuera más hombre más debe llorar; y aún según dice San Agustín, cuando uno fuere mas santo y mas lleno de santos deseos, tanto más abundoso su lloro en la oración. ¡Oh! Dichas lágrimas, que en vosotras padecen naufragio nuestros enemigos, en vosotras se ahogan los malos pensamientos, con vosotras se mata el fuego de nuestras malas codicias, y se lavan las manchas de nuestros pecados y se remoja la dureza de nuestro corazón para se ablandar a Dios. Por vosotras va el navío de nuestro deseo muy presto a Dios, porque a las lágrimas nunca falta el aire del Espíritu Santo para purificarlas y mover.
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En las lágrimas el pecador como culebra se baña, para que el cuero viejo de la vida pasada pueda más fácilmente quedar pasando por la estructura de la penitencia. Vosotras sois bautismo que se puede reiterar, y sois consolación de las almas y pan del corazón, Vosotras barráis la sentencia dada contra nosotros, que con sangre se debería borrar si vosotras faltaseis, que también sois colirio para untar los ojos de los enfermos, de los pecadores, y agua bendita contra el demonio, al cual, vencéis, alegráis a los ángeles e inclináis a Dios y a los hombres matáis el fuego del infierno para que allá no se quemen los que allí lloren.
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Si quieres, ¡oh alma mía! Que la tierra estéril de tu carne dé frutos, riégala con lágrimas, porque escrito está que a los que siembran con lágrimas, con gozo cosecharan; y si quieres que el árbol de tu cuerpo fructifique, plántalo cerca del corrimiento de las aguas de tus ojos, y en su tiempo dará fruto, siendo prosperadas todas las cosas que hiciere; y si quieres tú ser morada de Dios, has de tener a la puerta de tus ojos el agua de las lágrimas, para que lavándote allí, puedas entrar a la altura del holocausto que es tu corazón; porque así como no pasaron los israelitas a la tierra de promisión sin pasar por el mar y por el Jordán, así no podrás tú llegar a la perfección sin primero tener lágrimas amargas por tus pecados y dulces por el deseo del Señor; donde como otra Axa (Judicum) debes pedir con suspiros de corazón a tu Padre Celestial el regadío interior y superior.
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Y si quieres ser elevado de la tierra en la alteza de contemplación como arca de Nóe, hansede multiplicar en ti las aguas, rompiéndose en tu corazón las fuentes del mar, que son las llagas de tu esposo Jesucristo; y hanse de abrir en ti los caños del cielo de la Divinidad, para que así tengas entera abundancia del santo diluvio en que te salves; porque así lo tenía la esposa, que se llama en los Cánticos pozo de aguas vivas que corren con ímpetu del monte Líbano, que son las lágrimas derramadas por su Divinidad.
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Si quieres que tu oración sea de Dios oída, hazte bautizar primero como otra Judit, en las fuentes de lágrimas, y así podrás suplicar a Dios seguramente que enderece tu camino interior; y si quieres que tu conciencia, ¡Oh, alma mía! Sea huerto del Señor, mira que no ha de ser seco; y por tanto te conviene tener en él la fuente abundosa de las lágrimas, para que este más florido y fresco. Acuérdate que si tú has de ser abrevado del Señor, has menester que del lugar de tus deleites que es Dios, salga el río de las lágrimas, no teniendo en deseo a otra cosa sino a Él; el cual debes comprar con lágrimas derramadas por solo amor, que es la verdadera que nuestra letra te amonesta que demandes con las armas de las lágrimas. La ira arma las manos contra el enemigo y la humildad arma los ojos de lágrimas contra Dios, que es tan tierno que se queja de ser herido con el mirar de los ojos, mayormente si los ve todos bañados en lágrimas por solo Él.
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Fuente: San Francisco Osuma
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Pax et Bonum
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+ Clara de Asís +
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