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viernes, 21 de marzo de 2008

+ Servus Servis Dei +

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Nuevamente las palabras del Santo Padre me llevan a redactar un post. Ellas se refieren a dos asuntos de gran urgencia en la Iglesia. Primero un llamado a abandonar el venenoso rencor, y luego, la profunda necesidad de que los Sacerdotes estén dispuestos a "abrirse" a la Oración. Podríamos decir, más próximos a nuestro Carisma, que esto puede hacerse extensivo a la Madre y Reina de todas las Oraciones... la Santa Misa. ¿No es un "Duc in Altum", como dijo el Siervo de Dios Juan Pablo II, recuperar el gran tesoro de la Misa del Beato Juan XXIII?
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En este caso, las acompañan las bellísimas imágenes de la Misa de Jueves Santo y el Lavatorio de Piés, Celebradas en la ArchiBasílica de San Juan de Letrán. Los invito a ver detalles como los cuatro Diaconos, dos latinos (de dorado y blanco) y dos bizantinos, (de azul y de dorado) que acolitan al Papa en su Liturgia (unos en latín, los otros en griego). Además de la veneración y el respeto con que el Sumo Pontífice lleva a la Eucaristía al Altar de Reposo. Allí esperará la Pascua, haciendo las veces de "sepulcro oriental", que representa la Tenebrae previa a la Gloriosa Resurrección de Nuestro Señor.
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AMDG +
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Ramón López
Juventutem de Argentina
contacto@juventutem.com.ar
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El Papa exhorta en el Jueves Santo
a no dejarse envenenar por el rencor
En la misa en la Cena del Señor
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ROMA, jueves, 20 marzo 2008 (ZENIT.org).- Benedicto XVI lanzó en la santa misa en la Cena del Señor, de la tarde del Jueves Santo, un llamamiento a la purificación para no dejar que el alma quede envenenada por el rencor.
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El Papa presidió una celebración eucarística, en la catedral del obispo de Roma, la basílica de San Juan de Letrán, en la que lavó los pies a doce sacerdotes.
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El dinero recogido en las ofrendas, según había predispuesto el Papa, se destinará para ayudar al orfanato «La edad de Oro» de La Habana (Cuba).
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La homilía estuvo dedicada a la necesidad de la purificación interior, como condición para vivir la comunión con Dios y con los hermanos.
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«A esto exhorta el Jueves Santo --dijo el Papa--: a no dejar que el rencor hacia los demás se vuelva veneno del alma. Nos exhorta a purificar continuamente nuestra memoria, perdonándonos de corazón los unos a los otros, lavándonos los pies los unos a los otros, para poder dirigirnos todos juntos hacia el banquete de Dios».
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«Día tras día estamos como recubiertos de suciedad multiforme, de palabras vacías, de prejuicios, de sabiduría reducida y alterada; una multiplicidad de falsedades se filtra continuamente en nuestro ser más íntimo», denunció.
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«Todo esto ofusca y contamina nuestra alma, nos amenaza con la incapacidad ante la verdad o el bien. Si acogemos las palabras de Jesús con el corazón atento, éstas se revelan cómo verdadera limpieza, y purificación del alma», aclaró.
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Caridad y purificación son dos palabras que Jesucristo logró sintetizar con el gesto del lavatorio de los pies a sus discípulos, reconoció.
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«Si acogemos las palabras de Jesús con el corazón atento, se convierten en auténticos lavatorios, purificaciones del alma, del hombre interior. A esto nos invita el Evangelio del lavatorio de los pies: a dejarnos siempre de nuevo lavar por esta agua pura, a ser capaces de la comunión con Dios y con los hermanos».
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«Pero del costado de Jesús, tras el golpe de la lanza del soldado, no sólo salió agua, sino también sangre. Jesús no sólo habló, no sólo nos dejó palabras. Se entrega a sí mismo. Nos lava con la potencia sagrada de su sangre, es decir, con su entrega "hasta el final", hasta la Cruz».
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«Su palabra es algo más que simplemente hablar; es carne y sangre "por la vida del mundo". En los santos sacramentos, el Señor se arrodilla nuevamente ante nuestros pies y nos purifica. Pidámosle que seamos cada vez más penetrados por el baño sagrado de su amor y de este modo quedemos verdaderamente purificados».
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«Tenemos necesidad del "lavatorio de los pies", el lavatorio de los pecados de cada día, y por este motivo necesitamos confesar los pecados».
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«Tenemos que reconocer que también en nuestra nueva identidad de bautizados pecamos. Tenemos necesidad de la confesión tal y como ha tomado forma en el sacramento de la reconciliación. En él, el Señor nos lava siempre de nuevo los pies sucios y nosotros podemos sentarnos a la mesa con Él».
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Con esta ceremonia, el Papa comenzó el llamado «Triduo Pascual», en recuerdo de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Este Viernes Santo, por la tarde, el Papa participará en la celebración de la Pasión del Señor en la basílica de San Pedro y en la noche presidirá el Vía Crucis, en el Coliseo de Roma.
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Ser sacerdote significa servir, explica el Papa
En la misa crismal del Jueves Santo
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CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 20 marzo 2008 (ZENIT.org).- La esencia del ministerio sacerdotal es servicio, afirmó Benedicto XVI este Jueves Santo por la mañana al presidir en la Basílica de San Pedro del Vaticano la santa misa crismal.
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Esta celebración eucarística, que reunió en torno al Papa los cardenales, obispos, 1.600 sacerdotes --diocesanos y religiosos-- presentes en Roma, «exhorta a volver a emitir ese "sí" a la llamada de Dios, que pronunciamos en el día de nuestra ordenación sacerdotal».
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Según el Antiguo Testamento, explicó el Papa, hay dos tareas que definen la esencia del ministerio sacerdotal: «estar ante el Señor» y «servir».
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En primer lugar, dijo, el sacerdote «debe estar en guardia frente a las potencias amenazadoras del mal. Debe tener al mundo despierto para Dios. Debe ser alguien que está de pie erguido frente a las corrientes del tiempo».
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«Estar ante el Señor debe ser siempre, en lo más profundo, hacerse cargo de los hombres ante el Señor que, a su vez, se hace cargo de todos nosotros ante el Padre».
En segundo lugar el sacerdote debe «servir». En la celebración eucarística, dijo el Papa, lo que hace el sacerdote «es servir, realizar un servicio a Dios y un servicio a los hombres».
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«El culto que Cristo rindió al Padre consistió en entregarse hasta el final por los hombres. El sacerdote debe integrarse en este culto, en este servicio».
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De este modo, la palabra «servir», en sus muchas dimensiones, implica «la recta celebración de la liturgia y de los sacramentos en general, realizada con participación interior».
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Servir, dijo, implica que el sacerdote debe estar siempre en actidud de aprender: aprender a rezar «siempre de nuevo y siempre de forma más profunda»; aprender a conocer al Señor en su Palabra para que el anuncio sea eficaz.
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«En este sentido, "servir" significa cercanía, exige familiaridad. Esta familiaridad comporta también un peligro: que lo sagrado, con el que nos encontramos continuamente, se convierta en rutina».
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«Se apaga así el temor reverencial. Condicionados por todas las costumbres, no percibimos el hecho más grande, nuevo, sorprendente, de que Él mismo esté presente, nos hable, se entregue a nosotros. Debemos luchar sin tregua contra esta dependencia de la realidad extraordinaria, contra la indiferencia del corazón, reconociendo de nuevo nuestra insuficiencia y la gracia que hay en el hecho de que Él se entregue así en nuestras manos».
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Servir implica obediencia, indicó. «El siervo está a las órdenes de la Palabra». «La tentación de la humanidad es siempre la de querer ser totalmente autónoma, seguir sólo la propia voluntad y considerar que sólo así seremos libres; que sólo gracias a una libertad sin límites el hombre sería completamente hombre. Pero así nos ponemos en el lado opuesto de la verdad».
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Sólo somos libres, advirtió, si «compartimos nuestra libertad con los demás» y «si participamos de la voluntad de Dios. Esta obediencia fundamental que forma parte de la esencia del hombre, es mucho más concreta en el sacerdote».
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«Nosotros no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Él y su Palabra, que no podemos idear por nosotros mismos.
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«Nuestra obediencia es creer con la Iglesia, pensar y hablar con la Iglesia, servir con ella». Esto implica lo que Jesús predijo a Pedro: «Te llevarán adonde no quieras».
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«Este dejarse guiar hacia donde no queremos es una dimensión esencial de nuestro servir, y es justamente así que nos hace libres. Si nos dejamos llevar, aunque pueda ser contrario a nuestras ideas y nuestros proyectos, experimentamos lo nuevo, la riqueza del amor de Dios».
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El Papa concluyó con una alusión al lavatorio de los pies, con el que Cristo «el verdadero Sumo Sacerdote del mundo» quiere «ser el siervo de todos».
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«Con el gesto del amor hasta el límite lava nuestros pies sucios, con la humildad de su servicio nos purifica de la enfermedad de nuestra soberbia».

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