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viernes, 7 de diciembre de 2007

Inmaculada Concepción

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Tota pulchra es, María,
et macula originalis non est in te
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En 1854, el beato Pío IX, definió como dogma de fe la Inmaculada Concepción de la Virgen, declarando: "María, por un privilegio único fue preservada de la mancha original desde el primer instante de sus concepción". Desde entonces, esta festividad ha pasado a ser la más popular y devota de la Santísima Virgen.
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En todos nosotros, la concepción se produce cuando Dios crea un alma y la une al elemento corporal formado en el vientre de nuestra madre. Pues bien, desde el instante mismo en que el alma de María fue creada, tuvo, por don de Dios, vida sobrenatural, además de la natural. Esto quiere decir, sencillamente, que aquella que Dios había elegido para ser Su Madre no pasó ni un instante de su vida sin gracia santificante en el alma.
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Hace 150 años que la Iglesia hizo de esta doctrina objeto de una definición infalible, después de que durante siglos y siglos, los católicos la tuvieran por cierta: una vez que la Iglesia había formulado con toda claridad posible la doctrina acerca de la Santísima Trinidad y la Encarnación, de forma que los católicos pudieran conocer quién y que era Cristo, éstos empezaron a comprender que era impensable que hubiera permitido que Su Madre existiera, ni siquiera por un instante, sin gracia santificante.
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Santa María fue preservada del pecado original en previsión de la Muerte Redentora de Cristo. Rescatar a los hombres del pecado es una gracia inmensa de Dios; pero preservar a una criatura del pecado, no sólo es también una gracia, sino además una gracia mucho mayor. Más aún: aunque libre de pecado y llena de gracia en todo momento, seguía siendo miembro de una raza caída para la que estaban cerradas las puertas del Cielo. La Redención llevada a cabo por el Salvador abrió esas puertas para Ella como para el resto de los hombres. La Virgen Santísima, es pues, la primera redimida.
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Invoquemos a Santa María, en esta fiesta suya, para que ella conceda a la humanidad, la gracia de abandonar el pecado, y de entregarse por entero a Dios.
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Nichán Eduardo Guiridlian Guarino

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