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jueves, 1 de noviembre de 2007

+ En los brazos de María +

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En los brazos de María
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Hay en nuestra vida un momento de capital importancia y , desgraciadamente, la mayor parte de las personas espirituales descuidan y aun pierden para el cielo. Es el momento de acostarse.
Llena todavía la mente de cuidados y preocupaciones a consecuencia de la gran cantidad de trabajos que nos han tenido absortos durante el día, nos vamos a tomar el necesario descanso mientras por nuestro pensamiento van desfilando primero una cosa, luego otra y otras, hasta que, finalmente, nos invade el sueño, quizás sin que hayamos elevado una sola vez nuestros ojos ni nuestro corazón a Jesús y María, los cuales, sin embargo, nos han colmado de tantas gracias, nos han sostenido tan afectuosamente y con solicitud tan tierna encargado a nuestro Ángel Custodio que no nos pierda de vista un instante ni de día ni de noche ¿No es esto incalificable ingratitud?
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Y después de todo, notémoslo bien, todas esas preocupaciones nocturnas y todos esos cálculos y planes no conducen a nada provechoso. A nada, puesto que en esos momentos el pensamiento, cansado, más que para razonar esta para desvariar; podrá recordar las verdades y principios, pero no está en disposición de sacar consecuencias prácticas. Luego ese comportamiento es, por lo menos, perder un tiempo precioso; pero es algo más. Con esas voluntarias negligencias abrimos las puertas de la imaginación a mil futilidades, que nos distraerán y nos absorberán, y quizás un día u otro nos abrumaran con su peso.
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Y en todo caso, si por algún tiempo prolongamos esa negligencia voluntaria en sacrificar el acto de acostarnos, adiós encantadora dicha de una dulce noche y de un apacible despertar unidos a
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María, y un adiós divina nostalgia de la ausencia de María.
¡Voy a descansar unido a María!
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Quiero descansar en los brazos de María, como el Niño Jesús en los primeros años de vida mortal.
¿Y por qué no?
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Jesús descasaba en ellos porque María era su Madre, y entre una madre y su hijito media en toda su consoladora sublimidad la vida de unión, la vida de intimidad.
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Pero ¿no es también María Madre nuestra, Madre muy real y verdadera?¿ Y no desea Ella que nosotros estemos siempre a su lado, que seamos para Ella lo que en su Jesús, niños dóciles y amantes?
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¡Con qué inefable sonrisa dormiría Jesús junto al Corazón de su Madre!
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¡Qué deliciosamente se uniría su Corazón divino con el amantísimo Corazón de María! Y allí, descansando sobre aquel purísimo Sagrario, ¡cómo se complacería en la pureza inmaculada y en la humildad sin límites de su tierna Madre!
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Y al despertar por la mañana, ¡su primera mirada era, desde luego, para María!...Enlazando sus manitas al cuello de su Madre inmaculada, le diría con sonrisa toda celestial: ≪¡Gracias, dulce Madre mía, gracias por haberme velado, por haberme protegido esta noche!≫.
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Todo hijo bien nacido lo hace, ¿por qué negar que lo haría Jesús?
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También nosotros, piadoso hijo de María, también nosotros pasemos la noche bajo la mirada de María y digámosle con amor: ≪En tus manos, Señora, encomiendo mi espíritu. Bondadosa
Madre en tus manos me pongo. Os confió mi imaginación, mi memoria, mi pensamiento, mi alma y mi cuerpo. Tenéis que infundir en mi entendimientos santos pensamientos, en mi corazón piadosos afectos y en mi alma disipaciones a agradables a Jesús≫.
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Luego reclinemos la cabeza; la Virgen inmaculada se quedará cerca de nosotros y nosotros dormiremos en sus brazos.
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Y en los brazos de María no podemos temer nada. Allí nada puede el demonio.
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Toda su rabia se anula, todo su poder se hunde y toda su audacia desaparece a la vista de Aquella que le aplastó la cabeza.
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Los Ángeles, que sin cesar acompañan a la Madre de Dios para ejecutar sus órdenes, nos rodearán y protegerán, como los soldados protegen y rodean la posesión y señorío de su princesa.
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Apretemos contra nuestro corazón la Cruz de Jesús, tomemos en la mano el rosario: que sea él como la mano de María que estreche la nuestra y antes de cerrar los ojos besemos la cruz y el rosario, como si en realidad besáramos la mano bendita de nuestra Madre. De este modo:
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Santificáremos el acostarnos;
Sobrenaturalizaremos la noche y
El despertar será el comienzo de un día santo pasado en unión con María.

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Nuestra vida de intimidad, lejos de debilitarse por las horas de descanso, adquirirá nuevo vigor y lozanía, convirtiendo lo que naturalmente podía entorpecerla más o menos, en aumentos de su poder santificador.
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¡Bondadosa Madre mía, en vuestras manos me entrego!
Condúceme a Jesús;
Unidme a Jesús;
Haced que viva en Jesús.
¡Oh! Entonces
Será la gloria,
Será la eternidad,
Pasada en los brazos de María.
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Porque en el cielo Dios no separará lo que la tierra unió. ¿No es la gloria el coronamiento y la perfección del amor?
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Nuestro amor fue María,
Nuestra gloria será María.
Nuestro amor fue vivir cerca de María,
Nuestra gloria será reinar cerca de María.

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¡Oh, sí, María, tierna Madre mía, en este mísero valle de lágrimas quiero reposar en vuestros brazos, para poder en el cielo reinar cerca, muy cerca de vuestro Corazón inmaculado! .
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La Bendición de María
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Hace algunos años contó la revista El pequeño mensajero el siguiente caso, cura completa autenticidad aseguraba. Nosotros no hacemos más que resumirlo.
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Una persona que durante su juventud había tenido muy particular devoción a la Madre de Dios se había desgraciadamente enfriado y poco a poco se había dejado arrastrar a una vida desordenada.
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Habiendo caído enferma, tuvo que ser cuidada en el hospital asistido por Hermanas de la Caridad.
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Al anochecer hicieron las religiosas en la sala de los enfermos la oración de la noche, y como de costumbre, suplicaron a la Madre de Jesús les pusiese bajo su maternal protección.
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Muy pronto los enfermos se fueron durmiendo, sólo nuestra infortunada paciente revuelta y torturada su conciencia con el recuerdo de su ingratitud para con María, seguía despierta.
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De pronto creyó ver que se iluminaba la sala con claridad celestial y vio brillar en medio de aquellos resplandores a la Santísima Virgen, que , llevando al Niño Jesús en los brazos, iba con la mano derecha bendiciendo a los enfermos. Esta divina Madre, al pasar de cama en cama parecía decir a cada enfermo algunas palabras de consuelo y le daba su bendición.
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Fácil es comprender el maravilloso asombro de la infortunada joven y luego su mortal ansiedad… ¿Recibiría ella esa bendición de la que se veía completamente indigna?
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¡Cuál no sería su dolor cuando vio que la divina Madre pasaba de largo sin mirarla siquiera… , bendecía a los últimos enfermos y desaparecía!...
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¡Sólo ella no había recibido nada!... Su alma quedó hondamente conturbada, pero a la mañana siguiente hizo llamar a un sacerdote y se confesó, llorando de pesar y de arrepentimiento. Se despertó en su alma toda la antigua ternura con María, y pasó el día alabando y bendiciendo a su dulce Madre del cielo. Llegada la noche se durmió apaciblemente, con el recuerdo de María en el pensamiento y su nombre bendito en sus labios.
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≪Bondadosa Madre mía –susurró-, me pongo en vuestras manos. He sido muy ingrata para obtenedme la gracia de morir antes que volver a ser indigna de Vos≫. Se durmió con esta plegaria en los brazos de María.
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La Virgen volvió seguramente a pasar bendiciendo a los enfermos; no la vio esta vez, pero al día siguiente, fortalecida con esta bendición y con el Pan de Ángeles.., se recogió profundamente y lloró… luego sonrió susurrando: ≪¡Oh Madre mía! Me pongo en vuestras manos, perdóname y presentadme a Jesús≫.
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Fue su último suspiro. La Virgen había premiado a su pobre hija, un instante pródiga, y , temiendo quizás desfalleciese de nuevo, lo había tomado realmente en sus brazos y transportado al cielo.
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Este ejemplo nos prueba cómo le agrada a María que empecemos y finalicemos el día implorando su maternal bendición, durmiendo bajo su manto protector, y cómo Nuestra Señora vale por sus hijos y los bendice incluso durante el sueño.
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Capítulo 10 del libro: “Espíritu de la vida de intimidad con la Santísima Virgen” del R.P. Lombaerde.

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