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jueves, 29 de noviembre de 2007

+ Contemplación y Éxtasis +

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DISCURSO SOBRE LA CONTEMPLACIÓN
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"...Nosotros imitando a los santos, con varonil ánimo, teniendo en poco y desechando el demasiado cuidado de las cosas del mundo transitorias y perecederas, contemplemos en las celestiales y eternas, pongamos el sentido en cuán poderoso es el que crió todas las cosas, cuán sabio el que las gobierna, cuán bueno el que las conserva en su ser y naturaleza, cuán magnífico Él a quien están respetando todo el ejército innumerable de la Celestial Corte de ángeles, arcángeles, virtudes, potestades, dominaciones, querubines y serafines- y todo el coro de los Bienaventurados, a quien veinte y cuatro senadores derribando sus rostros en tierra le adoran, cuya majestad veneran ciento y cuarenta y cuatro mil señalados de cada Tribu de los Hijos de Israel y toda aquella multitud de diversas naciones y pueblos que no pudo ser contada en el Apocalypsi. A este Señor loa todo espíritu, toda lengua le confiesa, tiénenle respeto los elementos. A su menear de mano todas las criaturas, y aun las que carecen de sentido, sin detenimiento le obedecen. Pues si consideramos a Dios tan grande y tan inmenso, que ni con la consideración puede ser comprehendido, siempre tengamos en la memoria aquel verso de David que dice: «Servid al Señor en temor, dadle loores y alabanzas con tremor». Y para esto nos puede también ayudar mucho la consideración de sus beneficios, habernos dado el ser que tenemos, haber criado el Cielo y la tierra para uso y servicio nuestro, habernos dado maestros y doctores desde el principio del mundo que nos enseñasen el camino del Cielo y, lo que excede todo entendimiento, el haber enviado a su Hijo Unigénito al mundo para su remedio. El cual, no con sangre de toros o becerros, sino con la propia vertida de sus venas nos remedió, y de hijos de tinieblas que éramos nos hizo hijos de luz. Tomó por nosotros forma de siervo, lavó los pies de sus Apóstoles, sufrió pobreza y necesidad, padeció trabajos, recibió en sí todo lo áspero y desabrido, tuvo hambre y sed, desvelóse, lloró, fue vendido de su discípulo Judas, fue preso, ligado, abofeteado, herido, escupido, escarnecido, azotado, coronado de espinas, mofado, apaleado con una caña por afrenta, clavado manos y pies en una cruz, ofreciéronle para beber vino mirrado y después diéronle a gustar vinagre; finalmente fue muerto, y su cuerpo herido por una lanza, traspasándole su costado, y al cabo le sepultaron. Todo esto padeció Dios por los hombres, el Señor por los siervos, el Justo por los pecadores. Lo cual todo lo padeció tan pacientemente, que, siendo acusado, callaba, y puesto en la Cruz rogaba por sus crucifixores. Estas cosas tan graves, tan crueles, tan afrentosas y penosas que padeció nuestro Jesús, Dios y Hombre verdadero, meditémoslas, contemplémoslas cada día por amor suyo, evitando todo deleite ilícito, toda ociosidad perniciosa, toda arrogancia y toda obra mala, amando y abrazando trabajos, penitencias y ejercicios humildes, porque cuando venga a juzgar, si no hallare en nosotros su marca y su libro, no nos diga: «En verdad que no os conozco; apartaos de Mí todos los que os ejercitáis en pecados». Y por decirlo de presto, Nuestro Dios y Señor murió y resucitó por nosotros; conviene que con Él muramos en humildad, para resucitar con Él en Gloria. Lo dicho es de Marulo, libro segundo..."
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EJEMPLOS CRISTIANOS
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[1] La Magdalena, estando en la soledad, cada día era levantada por ángeles al Cielo y oía cantar las horas canónicas. Y si tanto fue el fruto de su contemplación en el desierto, ¡qué tanta será ahora en el Cielo su gloria, reinando con Cristo! Refiérelo Surio, tomo cuarto.
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[2] San Antonio Abad, considerando los engaños que hay en los deleites del mundo se vio todo lleno de lazos. Lo cual abiertamente nos da a entender en cuántos peligros estamos siempre puestos, pues cada día tenemos los pies sobre lazos, pretendiendo los deleites mortíferos del mundo. Y si queremos ser libres de ellos, nos conviene procurar los bienes del Cielo y dejar los de la tierra, levantando en alto el espíritu con las alas de la contemplación y menospreciando los bienes aparentes de la tierra. Los que hicieren esto tienen más seguridad. Y de ellos habla el libro de los Proverbios, cuando dice en el capítulo primero: «En vano se pone la red delante de los pies que tienen alas». Es de San Atanasio en la Vida de San Antonio.
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[3] San Agustín, estando solo en su aposento contemplando el misterio de la Santísima Trinidad, de tal manera estaba fuera de sí, que venían a negociar con él y ni daba respuesta ni parecía tener sentido de hombre. Y no es de maravillar que escribiese tan copiosa y profundamente de este misterio, pues le contemplaba con tanta fuerza que perdía el sentido de hombre. Y para contemplarle tan altamente convino que primero viviese justa y santamente. Procure el que quiere aprovechar en la contemplación que tenga buena y santa intención. Porque está escrito en el Eclesiástico, capítulo segundo: «Al hombre que es bueno delante de Dios su Majestad le dio sabiduría, ciencia y contento». Es de Posidonia, en la Vida de San Augustín, y de Surio, tomo cuarto.
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[4] San Jerónimo, por santo y piadoso varón, mereció gozar de los gustos dulces y sabrosos de la contemplación. Y así dice en el libro que hizo De virginidad: «Después de muchas lágrimas, después de tener fijos los ojos en el Cielo algunas horas, parecía me estar entre los coros de los ángeles y muy alegre y gozoso cantaba: ` Correremos siguiéndote en el olor de tus ungüentos' «.
Y en la carta que escribió a Eustoquio, dice: «Cree, hija, al viejo experimentado y que aconseja lo que conviene. Si una vez gustases cuán dulce es el Señor a quien os habéis juntado, que fue piedra viva desechada de los hombres y aprobada de Dios, podréis oír de Él: ` Venid y mostraros he todo lo bueno' . Y será lo que os mostrará tal, que nadie puede decirlo, sino quien lo ha visto y gozado. Yo sé lo que hablo, carísima, y por dar cuenta de mi poco saber, yo, hombrecillo menospreciado y vil en casa del Señor, viviendo en este cuerpo, muchas veces estuve entre los coros de los ángeles y pasando allí algunas semanas, ninguna cosa echaba menos al sustento del cuerpo, gozando de la divina visión. Y después de muchos días, vuelto al cuerpo y estando en mi sentido, acordándome de lo pasado, lloraba. Lo que yo allí gozaba, mi felicidad y deleite, testigo me es el mismo Dios Trino y Uno, a quien veía no sé con qué ojos; testigos me son también los espíritus celestiales que allí se hallaban, y testigo me es la propia consciencia, que gozaba tantos bienes, cuales y cuantos no pudo especificar mi grosero entendimiento». Adelante dice: «No puede a tanta dulzura de contemplación llegar el corazón ocupado en negocios de siglo, sino que conviene que muera al mundo para que a sólo Dios, por tales meditaciones y deseos soberanos, se afierre y junte, porque el grano de trigo que cae en la tierra, si no fuere muerto siempre estará solo como cayó, y si muriere dará mucho fruto». Refiérelo Marulo, libro segundo.
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[5] Santo Tomás de Aquino, defensor diligentísimo de la verdad católica, puesto en contemplación, fue visto levantado del suelo un a un codo, y el rostro tan resplandeciente que daba bien a entender el gusto que sentía en su alma. Otra vez fue arrebatado en éxtasis con tanta enajenación de sus sentidos, que teniendo una vela encendida en las manos, llegó a gastarse y a quemarle la mano sin que él sintiese el calor de la llama, aunque la señal del daño que en ella le hizo quedó de suerte que creyeron el hecho los que no le vieron, viendo la mano abrasada. ¡Cuánta delectación sentiría aquella alma bendita, en la cual ocupado el espíritu, no advirtió el tormento del cuerpo, y con qué fuerza era levantada la misma alma a gozar tan alta contemplación, que llevaba tras sí el pesado cuerpo, estando levantado y sin llegar a tierra! Refiérelo Marulo, libro segundo.
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[6] San Bernardo, abad de Claravalle, bien mostró cuán alta contemplación era la suya, pues subiendo en un caballo brioso que estaba en su convento, para ir a visitar cierto monasterio cartujo, para ver el prepósito de ellos, llamado Epifio, después de a verle recibido, le dijo que no decía con su religión y humildad ir en un caballo semejante a aquél, que era más para algún galán cortesano que lo usase por la ciudad que para servicio de un fraile pobre. El santo se hizo muy maravillado y preguntó qué caballo era el de que hablaba. Y así se entendió que ni subiendo ni bajando de él advirtió de la suerte que era el caballo. Otra vez, caminando junto al lago de Lozana por todo un día y oyendo a los que iban con él y allegados a la posada que trataban del lago, él les preguntó que dónde habían visto aquel lago de que hablaban. De modo que se entendió que no echó de verle, con caminar casi todo el día por su ribera. Es de la Vida de San Bernardo, libro tercero, y de Surio, tomo cuarto.
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[7] San Francisco, ilustre contemplativo, vio estando por morador en la tierra al que es Señor de los Cielos. Vio la Cruz resplandeciente de nuestro Redentor y en ella un serafín, de donde tomó el nombre y se llamó Seráfico, y por singular privilegio le quedaron fijas sus llagas en manos, pies y costado para que a viendo imitado su pobreza, mansedumbre y humildad, lo imitase también en las señales de su pasión y pueda gloriarse con San Pablo, diciendo: «No tengo de qué gloriarme, sino en la Cruz de mi Señor Jesucristo. El mundo se crucificó para mí, y yo me crucifiqué para él. Yo llevo las señales de mi Señor Jesucristo en mi cuerpo». Es de San Pablo este testimonio, escribiendo a los de Galatas, capítulo segundo y sexto, y refiérelo Marulo.
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[8] A María Egipciaca, que cometió tantas torpezas en el mundo, el abad Zozimas la vio orando levantada en tierra tanto como a un codo. De modo que por sus flaquezas había su cuerpo caído en el profundo de la perdición, y después, su espíritu, sin haver dejado la carga del cuerpo, era levantado en alto por la contemplación. Es del Vitis Patrum.
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[9] Santa Isabel Viuda, estando en contemplación, era visto su rostro ya triste, ya alegre, y era la causa que se le aparecía el Salvador, y viéndole se alegraba, y escondiéndosele se entristecía.
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Y una vez le dijo:
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-Ten buen ánimo, hija, yo estoy contigo.
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Y ella respondió:
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-Sí, Señor, tú conmigo y yo contigo.
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Grande beneficio y merced, por cierto, que el hombre hable con Dios, y mayor que hablándole no se desdeñe de oírle, y muy mayor que esté junto con él. Refiérelo Marulo, libro segundo.
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[10] Santa Isabel de Esconaugia, como se dio mucho a la contemplación, entorpeciéndose sus miembros y sentidos, algún tiempo quedaba como muerta. Y en tal sazón afirmaba que le eran reveladas grandes cosas que habían de suceder. Y estaba acostumbrada a tener coloquios con la Madre de Dios. Y escribió un libro que se llamó Camino de Dios, dictándole un ángel y escribiendo ella. Siendo esto así, el Paraíso tuvo en tierra, porque su mente siempre estuvo en el Cielo. Díselo Marulo, libro segundo.
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[11] Santa Clara, discípula del Seráfico San Francisco, un día antes del nacimiento de Nuestro Señor cayó enferma, y no pudo ir con las monjas de su convento a los maitines. Y aunque la enfermedad estorbó que con el cuerpo no fuese, su espíritu, sin ser impedido, estuvo presente, y vueltas a ella algunas hermanas, les refirió cuanto se dijo y hizo en el coro por orden. Y, admirándose de ello, añadió que se le avía aparecido Cristo en la propia hora en que nació estando contemplándole. Otra vez, desde el día del Jueves de la Cena hasta el Sábado Santo estuvo fuera de todo sentido corporal y como muerta. Y entretanto, la fuerza de su entendimiento estaba puesta en Dios, representándosele a su espíritu todos los misterios de la Pasión de Cristo, en las mismas horas y lugares y por el mismo orden que sucedieron. Y vuelta en su acuerdo, parecíale que sola una hora avía pasado. Parece breve siempre todo lo que deleita, y deleitábale a Santa Clara no el ver padecer a Cristo, sino, viéndole, compadecerse de Él. Es de Marulo, libro segundo.
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[12] El abad Estéfano era muy dado a la contemplación. Vinieron a visitarle ciertos parientes suyos, y conociéndolos de lejos, rogó a Dios que no fuese visto de ellos. Llegaron a la celda, habiándose informado de otros monjes ser aquélla y que estaba dentro, salió él por medio de ellos sin ser visto y fuese a lo más escondido del desierto hasta que entendió que los otros, hartos de esperarle, se habían ido. Es del Prado Espiritual, capítulo cincuenta y tres.
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[13] Vinieron al mismo abad Estéfano ciertos religiosos, y en su presencia estuvieron hablando algunas horas en cosas tocantes al provecho de las almas, y como el santo viejo ninguna cosa respondiese, dijeron:
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-¿Por qué, padre, no hablas? Que habemos venido a ti para sólo oírte alguna cosa con que nos edifiquemos.
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Respondió el santo abad:
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-Perdonadme, hermanos, que hasta ahora no he advertido en cosa que hayáis dicho. Una cosa sola os digo, y es que ni el día ni en la noche no hago otra cosa que contemplar a Jesucristo, mi Dios, colgado de una Cruz.
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Oyendo esto los religiosos, fuéronse grandemente edificados. Es del Prado Espiritual, capítulo sesenta y cuatro.
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[14] San Bonito, obispo de Arvernia, como estuviese una noche en su iglesia meditando y contemplando, repentinamente vio venir adonde él estaba a la hermosa como la luna y escogida como el sol, la Virgen Sacratísima María, Madre de Dios, acompañada de coros virginales. Mandóle que diese Misa, y para decirla dio le un ornamento de maravillosa hermosura. Desapareció la visión, y volviendo en sí, pareció le que había sido sueño, hasta que vio el ornamento cerca de sí, que se dice permanecer en su iglesia. Y nadie puede averiguar de qué sea la materia, si es lino o si es tejido. Grande fue el don y más el gozar de tal vista, comenzando en la tierra a gustar de lo que se gusta en el Cielo. Es de Surio en el primer tomo.
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[15] Santa Catarina de Siena, levantada en alta contemplación de la Pasión de Jesucristo, sintió en sí dolores grandísimos de llagas en manos, pies y costado. Aunque, como afirma San Antonio de Florencia, no fueron visibles ni patentes para que se viesen, sino que sentía en aquellas partes dolores, y fue por tiempo limitado, que sólo al Seráfico padre San Francisco, de lo que se sabe por historias, le fue concedido el tener llagas visibles y que le permaneciesen en su cuerpo aun después de muerto. Refiérelo Sabélico, libro segundo.
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[16] Juan Escoto, llamado el Doctor Sutil, de la orden de los Menores, tenía costumbre de arrobarse, de modo que donde le daba quedaba como muerto por un día, a las veces más y a las veces menos. Diole este arrobamiento en parte donde ni conocían su mal ni le conocía a él; esperándole un día, y visto que no tornaba en sí, teniéndole por muerto le enterraron. Afírmalo
Antonio Sabélico, libro segundo.
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Advertencia: puede haber problemas de redacción, el texto fue traducido.
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Paz y bien,
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+ Clara de Asís +

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